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¿Quién paga?

¿Quién paga?
La semana pasada, después de un juego con un grupo de estudiantes de grado décimo, que llevamos a cabo con el fin de reflexionar sobre la oferta y la demanda, el control de precios y la importancia de la libertad; uno de ellos pregunto sobre los efectos del “capitalismo salvaje”. Recordé entonces el libro de mi amigo Daniel Raisbeck, quien le agregó un “Viva” al título de su último libro. De hecho, uno de nuestros contertulios chistó que podría ser una guía, si lo acompañábamos de una coma, así: “Viva el capitalismo, salvaje”.

Me quedé pensando en el por qué un estudiante de 15 años era tan crítico de algo que no podía, al menos, describir. Retomé la lectura del último libro que había recibido, escrito por el profesor de la universidad de George Mason, Russell Roberts, “The Price of Everything” (El precio de todo). Allí, con extraordinaria lucidez y con ejemplos novelados del día a día de cualquiera de nosotros, Roberts demuestra cómo muchas cosas que generan malestar, rabia, ganas de reaccionar incluso violentamente; tienen un sentido y evitarlas podría generar un impacto catastrófico en la economía. Su libro empieza con el caso de un hiper mercado que sube sus precios después de un terremoto. Les dejo hasta ahí como introducción.

Pues bien, a menos de dos meses de las elecciones, escuchamos discursos encendidos de unos y otras, prometiendo obras, políticas, cambios de rumbo, etc. Es lo propio de una democracia. Sin embargo, en casi todos los casos se promete mucho más de lo que realmente se puede lograr con los limitados recursos que administran los gobiernos locales. De allí que la pregunta sea ¿Quién paga?

Suena bien, por ejemplo, sugerir que se establezca un control de precios para alimentos de primera necesidad, apoyos para los taxistas que hoy, igual que todos, pagan más por el combustible, matrícula cero en todas las universidades, mejor infraestructura en los colegios y demás. El problema está, como sugería Bastiat, en lo que no se ve. Es decir, en esos efectos que evitamos pensar, como los miles de empleos que se pierden cuando se suben los impuestos a las empresas o se regula excesivamente el mercado laboral, hasta el punto en que solo se pueda proceder con un despido mediante orden judicial. Mejores salarios y estabilidad son un sueño, es verdad, pero la vida es otra. La generación de riqueza o las mejores condiciones para la mayoría nunca se han podido decretar.

El gobierno, si lo hace bien, puede generar apoyos y programas que a futuro disparen la innovación y el emprendimiento, como trata de exponerlo Mariana Mazzucato en su trabajo sobre “El estado emprendedor”; pero eso requiere de una clase política controlada, que opere en un estricto sistema de frenos y contrapesos y a la que la sociedad realmente castigue, cuando obre mal, en las siguientes elecciones. En nuestro país, lamentablemente, de eso tan bueno no dan tanto, como decimos.

Por alguna extraña razón, se ha generalizado una narrativa insulsa, pero muy efectiva, donde los males que padece nuestra sociedad y la economía se desprenden de unos pocos muy malos que solo han pensado en generar riqueza, sin que les importe el bienestar general. Paradójicamente no es una crítica al monopolio o al oligopolio, sino a los millones de pequeños y medianos empresarios e independientes, que no buscan o no consiguen un empleo formal, y optan por el camino heroico de producir bienes y servicios que, a su vez, generan soluciones para otros millones y, de esa relación, algo de riqueza.

Le pregunté a mi estudiante si estaría de acuerdo en que solo se pudiera movilizar en taxi, pagando una tarifa superior a la actual, porque todas las plataformas de transporte cabrían en su crítica al “capitalismo salvaje” y se deberían prohibir. Hubo silencio. Después del juego sobre oferta y demanda, en el que demostramos que con el establecimiento de precios mínimos muchos compradores dejan de participar en el mercado y eso hace que muchos productores también queden por fuera; pregunté si esa medida, el control de precios, era una salida a ese “capitalismo salvaje”. Hubo una respuesta: “ahora que lo viví, así sea en un juego, quedo confundido”.

No soy quien para sugerir a mis estudiantes cuál es el mejor sistema económico, político o, si lo prefieren, social. Lo que sí estoy convencido que debemos hacer es evitar narrativas ideologizadas y procurar ofrecer suficiente evidencia empírica, suficientes lecturas y ejercicios, para que se formen un criterio propio y vayan siempre más allá. De lo contrario, seguiremos educando generaciones que ven en el estado una piñata, hasta que, como en Argentina o Cuba, les toca empezar a pagar, sin tener con qué.

* Rector del Colegio Gimnasio del Norte de Valledupar.